EL MODERNISMO
1.- Contexto sociohistórico
Entre 1885 y 1914 se produjo
una “crisis universal de las letras y del espíritu”, que configuró la
mentalidad del ser humano del nuevo siglo y cuyos rasgos más característicos
son los siguientes:
·
Pérdida de la confianza en el progreso. A pesar de los avances de
la técnica, seguía habiendo malas condiciones de vida, problemas sociales, etc.
- Se critica el positivismo y se desconfía de la razón como instrumento para entender el mundo. Se trata de entender y afrontar la vida con la voluntad, el sentimiento y la intuición más que con la razón. A ello contribuyeron la obra de pensadores como Schopenhauer y Kierkegaard (la existencia humana es dolor y angustia), Nietzsche (exaltación de los impulsos vitales sobre la razón), Bergson (reivindicación de la intuición para penetrar en lo real) y Freud (los verdaderos instintos -el amor y la muerte- se hallan reprimidos en el interior del ser humano). El pensamiento irracionalista llevaría poco después al existencialismo: el ser humano es un ser para la muerte, lo que le lleva inevitablemente a la angustia existencial.
·
Crisis religiosa: la sociedad se hace cada vez más laica.
El progreso
había atendido al instinto antes que al sentimiento, dejando de lado la
imaginación y la poesía. El vacío creado por la crisis de la época, el desgaste
de tradicionales contextos filosóficos y religiosos, sin que pudiera
reemplazarlos la ideología cientifista de la era ni el espíritu burgués, dio
origen a un estado de inseguridad e indiferencia. Fue, por consiguiente, una
era de revisión y revaloración y el artista no se sentía a gusto en el ambiente
que lo circundaba.
La civilización
moderna no tenía aún su mundo artístico peculiar. Era necesario un arte que
expresara el alma de la época. El siglo XIX había creado la fiebre del progreso
y los inventos, pero aún no había nacido su arte. Por otra parte, los
escritores difícilmente podían consagrarse a los problemas de su entorno, sobre
los cuales tenían poca conciencia; de ahí que, dentro del ambiente social
señalado, trataran de mostrar su individualidad, exquisita y herida, como una
“torre de marfil” arrogante y ajena a la circunstancia histórica del momento.
2.- Orígenes del Modernismo
Desde finales de la década de
1880 proliferan tanto en Europa como en América las corrientes renovadoras
opuestas a la estética del Realismo, vinculada al positivismo
y a la razón.
En España e
Hispanoamérica, este movimiento renovador (que abarca el final del XIX y las
dos primeras décadas del XX) recibe el nombre de Modernismo (en un primer
momento el término ‘modernista’ tenía sentido peyorativo). Los jóvenes
escritores, que se oponen a la literatura decimonónica, se llaman a sí mismos
la “gente nueva” y muestran su desprecio por los menos jóvenes y por la literatura
realista.
La mayoría de ellos tenían en común una
actitud rebelde frente a los valores burgueses, asentados en el orden y la
tradición; incluso adoptaban una conducta y un atuendo cuya intención era
provocar (“épater le bourgeois”). Se
rebelan contra la filosofía positivista
y materialista de la segunda mitad del XIX (frente a la razón reivindican
el sentimiento, la intuición y la voluntad para entender el mundo).
Posteriormente
se reservó el término de MODERNISTAS para referirse exclusivamente a quienes
rechazaban la mediocridad y se interesaban por el culto a la Belleza (“el arte
por el arte” fue su consigna; o también “la estética como ética”, sin
compromiso social) y la búsqueda
de una nueva forma de expresión (que encontrarán, sobre todo, en la literatura
francesa contemporánea).
Juan
Ramón Jiménez define el
modernismo como “el encuentro de nuevo con la belleza, sepultada durante el
siglo XIX por un tono general de poesía burguesa”. Por su parte M. Henríquez
Ureña destaca como características “el culto por la aristocracia de la forma,
unido a la renovación del idearium poético”.
El nuevo
movimiento recibe las influencias
de dos corrientes francesas de la segunda mitad del XIX: el Parnasianismo
y, sobre todo, el Simbolismo (para algunos críticos,
el Modernismo es el nombre que recibe el Simbolismo en las letras hispánicas),
pero también de la literatura norteamericana (Edgar A. Poe), inglesa (Oscar
Wilde), rusa (Chejov), italiana (D’Annunzio), etc.
El Parnasianismo
busca la perfección formal, los versos pulidos, de ahí la preferencia por
ciertos temas propicios al lucimiento esteticista: la mitología, la evocación
del tiempo pasado o de ambientes exóticos, como los orientales. Su lema es el arte por el arte.
El Simbolismo (nacido en Francia como
reacción contra el Naturalismo, y representado por Verlaine, Rimbaud y Mallarmé,
pero con antecedentes en Baudelaire;
en España, un precursor es Bécquer)
defiende que la realidad, tras sus apariencias, esconde significaciones
profundas que el poeta tiene que descubrir y comunicar al lector. Para ello se
sirven de los símbolos (imagen física que sugiere ideas, sentimientos,
angustias, obsesiones...). Por ejemplo el ‘ocaso’ puede ser símbolo de
la decadencia o de la muerte, el ‘camino’ será símbolo de la vida, etc.
La poesía se convierte así en un instrumento del conocimiento que, a través de
los símbolos, capta la realidad suprarracional, subjetiva, que sólo se puede
expresar mediante la alusión y la sugerencia (de ahí la importancia también de
la metáfora y de la musicalidad del verso).
En las letras hispánicas, el Modernismo tiene su cuna en
Hispanoamérica. Hasta hace relativamente poco tiempo, se venía aceptando la
fecha de 1888, año de publicación de ‘Azul’, de Rubén Darío, como inicio del Modernismo hispanoamericano. Sin
embargo, los críticos han advertido la presencia de la nueva estética en la
prosa juvenil del cubano José Martí, que puede ser considerado precursor de la
corriente modernista. En todo caso, ello no niega a Rubén Darío el papel de
líder y figura más significativa del movimiento. Otros autores
hispanoamericanos destacados de este movimiento son los mexicanos Manuel Gutiérrez Nájera, Amado Nervo
y Juan José Tablada, el cubano Julián del Casal, los colombianos José Asunción
Silva y José Valencia, el boliviano Ricardo James Freyre, el peruano José
Santos Chocano, el venezolano Rufino Blanco Fombona, el uruguayo Julio Herrera
y Reissig y el argentino Leopoldo Lugones.
3.- Características
ú Rechazo de la vulgaridad y de la mediocridad que creen ver en la
sociedad de su tiempo. De ahí el
gusto por lo exótico y lo exquisito, que se busca en el mundo antiguo, en el
pasado medieval, en la Francia versallesca, en la mitología germánica, en las
civilizaciones asiáticas, y en la creación de un mundo lleno de belleza (evasión
y exotismo).
ú El deseo de huir de la mediocridad más próxima
les lleva también al gusto por los viajes y por conocer gentes y lugares
distintos (cosmopolitismo); su ciudad preferida será París, con su vida
bohemia y sus cabarets.
ú Esteticismo. La insatisfacción del mundo circundante también les
lleva a la exaltación del arte
y, dentro del arte, de la poesía como medio para penetrar en lo absoluto y lo
infinito. La poesía como encarnación de la Belleza: ”glorificación de la
belleza más allá del bien y de la verdad”, dice el crítico Gonzalo Sobejano.
3.1.-
Aspectos de la estética modernista
Evocación del mundo
sensorial. Abundante empleo de sinestesias (‘verso azul’, ‘sol sonoro’),
adjetivación e imágenes deslumbrantes y referidas a todos los sentidos (vista,
tacto, olfato, gusto) con las que se trata de captar un mundo sensorial lleno
de goce y belleza.
El adjetivo y la
metáfora se convierten en recursos
decisivos. En esta poesía llena de colorido son característicos el azul,
violeta, lila, púrpura, granate, oro, plata, rubí, zafiro, marfil, ébano,
nieve.
Los ambientes que se recrean tienen un
valor simbólico y evocador, tanto los interiores como los exteriores:
salones elegantes con espejos, divanes, pianos, arañas de luz, búcaros con
flores...; lunas y aromas nocturnos,
jardines lejanos y otoñales con fuentes, estanques, surtidores; animales
elegantes o fabulosos (cisnes, pavos reales, leopardos, tigre, elefantes,
dragones, unicornios...), personajes reales o mitológicos cargados de erotismo
(princesas, caballeros, ninfas, sátiros, sirenas...)
Musicalidad y
renovación métrica. Importancia del ritmo y de la armonía de
las palabras para sugerir. Ello lleva a los modernistas a la recuperación de
metros olvidados o poco utilizados (alejandrino, eneasílabo) y a la creación de
otros nuevos (de hasta 20 sílabas), el uso del verso libre, las asonancias
internas, etc. También al gusto por la versificación a base de pies acentuales,
especialmente los ternarios: dáctilos (“ínclitas razas ubérrimas”), anfíbracos
(“ya se oyen los claros clarines”) y anapestos (“La princesa está triste; ¿qué
tendrá la princesa?”). La musicalidad se nota también en la abundancia de aliteraciones (bajo el ala aleve del
leve abanico), juegos fónicos (trompas guerreras resuenan) y utilización de
palabras esdrújulas (púrpura, crisálida, libélulas).
Riqueza verbal y
capacidad de sugestión. A ello responde la aparición de un
vocabulario exótico (heliótropo, clámides, acanto, plinto, nenúfares, adelfas,
azur...), nombres mitológicos (Venus, Adonis, ninfas, sátiros), realidades
misteriosas (castillos, odaliscas, marquesas, unicornio). Por otro lado, se
huye de la expresión grandilocuente que usaron muchos románticos y se busca
sugerir, insinuar, no declarar abiertamente los sentimientos; y una sintaxis
más natural y cercana a la lengua hablada.
3.2.- Temas del Modernismo
§ La recreación
del pasado y la invención de mundos imaginarios (lo clásico, lo
medieval, lo legendario, lo exótico, lo oriental...). Hay un evasionismo o escapismo, tanto en el
espacio como en el tiempo.
§ La intimidad del
poeta. Los modernistas, al igual que los románticos, potencian el
dominio de la pasión sobre la razón, de la emoción sobre la reflexión; pero, al
contrario que ellos, más que “su propio” sentimiento, individual e
intransferible, se busca el sentir transferible y comparable al de los otros.
Antonio Machado decía: “Mi sentimiento no es exclusivamente mío, sino más bien
‘nuestro’ ”. En esta expresión del ‘mundo interior’ hay diferentes posturas que
oscilan entre un vitalismo optimista, que lleva a un goce desenfrenado de la
vida, y profundas manifestaciones de insatisfacción, descontento, desánimo
hastío, melancolía y soledad (el tema del dolor, la angustia y la muerte, es
muy frecuente).
§ El amor y el
erotismo. El tratamiento de ambos aspectos apunta en dos direcciones: una,
la idealización del amor y de la mujer, mundo inalcanzable que sume al poeta en
la más profunda tristeza; otra, el erotismo encarnado en la mujer fatal, lasciva y
dominadora.
§ Hay una tendencia general a la elegancia, con la presencia del oro y una
fauna y flora distinguidas, donde destacan símbolos como el cisne y la flor de
lys.
4.- Rubén Darío
Poeta, periodista y diplomático nicaragüense,
considerado el fundador del modernismo. Nació en Metapa, hoy Ciudad Darío
(Nicaragua), en 1867. Sus padres se separaron cuando él todavía era muy pequeño
y lo crió una abuela que lo mimó, consintió mucho y presentó en Managua, siendo
todavía un adolescente, como un artista prodigio. Leía a los poetas franceses a
la vez que era invitado a recitar poesía. En 1886 realizó un viaje a Santiago
de Chile que fue su primer contacto con el progreso y la metrópoli. De regreso
a Managua se casó con Rafaela Contreras, en 1891; quince meses después nació su
primer hijo y en 1893 murió su esposa. En 1892, viajó a España como
representante del Gobierno nicaragüense para asistir a los actos de celebración
del IV Centenario del descubrimiento de América. Suceden unos años de viajes
por Estados Unidos, Chile y Francia, y una residencia en Buenos Aires
trabajando para el diario La Nación, lo que le dio una reputación
internacional. En 1898 regresa a España como corresponsal del mismo diario; en
esta estancia en Europa, alterna su residencia entre París y Madrid; es aquí,
en 1900, donde conoce a Francisca Sánchez, una mujer de origen campesino, con
la que tuvo un hijo y vivió con ella hasta el resto de sus días. Convertido en
un gran poeta de éxito en Europa y América, fue nombrado representante
diplomático de Nicaragua en Madrid en 1907, lo que le obligaba a viajar y de
ahí que esté considerado como el 'embajador del modernismo' en el mundo. Darío
era un hombre que no había olvidado sus raíces provincianas aunque se había
transformado en un cosmopolita total, pero veía que el mundo jubiloso de Europa
estaba acabando.
Inició la carrera literaria en Chile. Sus primeros
poemas son una mezcla de tradicionalismo y romanticismo, al estilo del poeta
español Gustavo Adolfo Bécquer, con una temática comprometida con lo social; Abrojos
(1887) y Canto épico a las glorias de Chile (1888). Este mismo año
publica Azul (1888, revisado en 1890), obra todavía romántica sobre la
exaltación del amor como algo armónico con la naturaleza y el cosmos. El libro
está dividido en cuatro partes: 'Primaveral', donde desarrolla el
tema del amor sexual como algo sagrado, en la línea del Cantar de los cantares;
'Estival'
gira en torno al amor como instinto; en 'Autumnal' el amor se canta como
nostalgia y, por último, en 'Invernal' aparece un amor mundano
y moderno, capaz de desafiar la climatología y las estaciones, ya que los
amantes se refugian en “lechos abrigados… cubiertos de pieles de Astrakán”. A
este libro debe Rubén el ser considerado creador del modernismo; escritores
como Ramón María del Valle-Inclán, Antonio Machado, Leopoldo Lugones o Julio
Herrera y Reissig le reconocieron como el creador e instaurador de una nueva
época en la poesía en lengua española.
Sus viajes por Europa y América, aclamado como gran
poeta, le llevan a París y a entrar en contacto con los poetas parnasianos y
simbolistas que transformarán sus concepciones poéticas. En Prosas profanas
(1896 y 1901), desarrolla de nuevo el tema del amor pero ya no busca la armonía
con la naturaleza sino con el arte. Y en Cantos de vida y esperanza
(1905) expone cómo el Arte supera a la Naturaleza, que se manifiesta a veces
como un caos, y es capaz de poner orden, de restablecer la armonía divina, y
como tema de fondo su preocupación por el futuro de la cultura hispana.
Otra faceta de la obra rubeniana es la de poeta cívico,
ya que compone poemas tanto para exaltar un glorioso hecho nacional o un héroe,
como para realizar una amarga censura. El canto errante (1907), un libro
en el que afrontó los eternos problemas de la humanidad, es su obra, conceptualmente,
más universal. En el poema 'A Colón' expresa el espanto que
supuso el descubrimiento y enaltece la ingenuidad de la América indígena; en 'A
Roosevelt' evalúa a latinos y anglosajones medidos por el patrón
materialista de estos últimos.
A partir de 1910 cae en un abandono vital que le lleva
a las más variadas excentricidades y al consumo excesivo de alcohol. En 1913, entre
en un profundo misticismo y es cuando se retira a la isla de Mallorca. Allí
empieza a escribir una novela, La isla de oro -que nunca llegó a
concluir-, en la que sobre todo analiza el desastre hacia el que está caminando
Europa. También compone Canto a Argentina y otros poemas (1914), un
libro dedicado a este país en el año de la celebración de su centenario, en el que
quiso seguir el modelo del “Canto a mí mismo”, de Walt Whitman, pero es una
obra menor, casi de compromiso, sin la intensidad de sus grandes poemas. En
1915, enfermo y escapando de un continente desgarrado por la I Guerra Mundial,
regresó a América. Murió en 1916, poco después de llegar a Managua.
Rubén Darío es un hito en las letras hispánicas. El
modernismo surgió con él y es puente obligado entre las letras de España y
Latinoamérica. En un momento en que en España la poesía decaía y se repetía a
sí misma sobre calcos vacíos, aportó una savia que, junto con Bécquer, inició
el camino para la recuperación, cuyos frutos mas brillantes fueron Juan Ramón
Jiménez, las vanguardias y, más tarde, la llamada Generación del 27. En
Latinoamérica su influencia no fue menor. Aunque la crítica hispánica siempre
tuvo en un alto concepto a Darío, desde el centenario de su nacimiento en 1967
su obra se revalorizó notablemente. Se le considera la mejor representación de
la expresión americana e hispánica, y a él se debe el desarrollo en las letras
hispanas de la búsqueda constante de nuevas formas y lenguajes.
5.- Autores modernistas españoles
Debe hablarse en primer lugar de un grupo de autores
de transición al modernismo en España (a partir de la poesía de Núñez de Arce y
sus discípulos), formado por Manuel Reina,
Ricardo Gil y Salvador Rueda. Este
último es el más importante: malagueño, con una fantasía típicamente
meridional, se le considera el renovador de nuestra poesía finisecular, con sus
30 obras repletas de audaces combinaciones métricas, sonoridad y un claro afán
innovador y esteticista (“Sinfonía del año” -1888-, “En tropel” -1892-,
“Camafeos” -1897-, etc.).
Una vez que el modernismo ha triunfado, casi todos los poetas de finales
del siglo XIX le rinden tributo. Algunos, de forma pasajera, antes de
evolucionar hacia un estilo propio. Es el caso de Antonio Machado (“Soledades”),
y de Juan Ramón Jiménez (“Ninfeas”,
“Almas de violeta”, “Arias tristes” y “Jardines lejanos”). Otros autores
desarrollarán toda su obra dentro de esta tendencia, destacando los siguientes:
o
Manuel Machado. Nadie como él representa en España la lírica
modernista. Sevillano de nacimiento y francés por formación, ambas tendencias
aparecen reflejadas en su obra: Rubén y Verlaine, Castilla y Andalucía, popularismo
y aristocracia, dan como resultado una poesía superficial y externa pero a la
vez musical y refinada (“Alma”
-1900-, “La fiesta nacional” -1906-, “Canciones y dedicatorias” -1915-,
etc.).
También deben destacarse sus obras de teatro poético,
escritas en colaboración con su hermano Antonio, cuyos contenidos se mueven
entre lo popular y lo histórico: “Juan de
Mañara”, “La Lola se va a los
puertos”, etc.
o
Francisco Villaespesa. Se le considera en realidad un romántico rezagado
que vino a representar lo que el Romanticismo tenía de más decorativo y
exótico. Además de varias decenas de libros de poesía, nos dejó una abundante
producción de teatro histórico, lleno de brillantez y cromatismo, con títulos
como “El alcázar de las perlas”, “El rey
Galaor”, “La leona de Castilla” o
“Judith”.
o
Valle-Inclán. Como poeta lírico, puede ser considerado modernista
(aunque con frecuencia escapa hacia un mundo propio de alucinaciones y
esperpentos), con influencias en sus versos de Baudelaire, Verlaine, Rimbaud y
D’Annunzio. Sus títulos más destacados son “Aromas de leyenda” -1907-, “La pipa de Kif”
-1919- y “El pasajero” -1920- (véase también, en el tema correspondiente, la
narrativa modernista de Valle-Inclán en su primera etapa).
Otros poetas modernistas son Emilio Carrere, Armando Buscarini y Pedro
Luis de Gálvez, pertenecientes a un nutrido subgrupo llamado de los
“bohemios”: famélicos, nocturnos y soñadores, constituyen una atracción más del
Madrid de la época.
Hay otros autores que se mueven dentro de las
grandes líneas modernistas y reconocen por maestro a Rubén Darío, como Cristóbal de Castro, Andrés González Blanco y Gregorio Martínez Sierra.
Por último, podemos considerar como
“semimodernistas” a unos cuantos poetas eruditos que oponen a los excesos y
fáciles logros del modernismo su formación clásica de raigambre castellana. Los
más notables son Ramón Pérez de Ayala
(en su faceta de poeta) y Enrique Díez-
Canedo.
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